miércoles, 9 de octubre de 2013 |

Rebalsar.

Y la gota rebalsó el vaso, filtrándose desde la cima de tu cráneo en dirección al suelo. Alcanzando tu cuello en cuestión de segundos, ahogando a ese que eras hace cinco minutos.
Esa gota te hizo mujer, hombre, adulto, libre, te deprimió, alegró, acotó, atacó o te dio mil y un vueltas hasta marearte.
Esa gota se cruzó con tu sudor o con tu sangre, con tus ganas, provocándote orgasmos, quizás con tu llanto, creando arcadas de dolor.
Te despertó a un mundo donde lo real escapa a la realidad que percibís, te abofeteó en la cara y te dio valor o te aflojó las piernas, pero cayó igual la muy descarada, sin que pudieras hacer absolutamente nada para evitarlo.

Y la gota rebalsó el vaso, se filtró teniendo el honor de ser la última (y la primera). Y te llevó mas allá de lo que creías que podrías llegar.
Y te animaste (al fin). Y diste el paso.

Y...