viernes, 12 de abril de 2013 |

Copa rota.



Se golpeó, así como sin querer, derramando lo que quedaba de agua sobre la mesa, manchando la silla, la pared, y el mantel de cuero.
Era lo más puro que le había quedado de los dos, de cuando eran uno, de un pasado cercano que en algunos días no paraba de escocer.
El cristal se había abierto en dos, dejando sus filos a merced de la piel joven y tersa de sus manos, que tenían el nuevo y mal hábito de cerrar los dedos sobre cigarrillos en las noches de soledad.
Su boca se frunció en una mueca de enojo mezclada con impotencia ya que había tenido un día difícil y esto sólo lo empeoraba. Dio unos cuantos pasos en dirección ida y vuelta hacia la cocina, en busca de algo para secar aquel desastre repentino.
Sobre la superficie recta de la mesa el agua tenía alguna forma que ella no llegaba a descifrar. Recordó como él manchaba su frente cuando situaciones como esta les solía ocurrir. Recordó sus dedos largos, que la pintaron en tantos lienzos; recordó sus nudillos rojos luego de golpear inmóviles paredes, y hasta recordó cómo se cerraban sobre sus senos al momento de hacerle el amor.
Sus pensamientos volaban tan lejos de ese instante, que no advirtió hasta muy tarde cuando el borde más agudo del cristal se internó en su dedo anular, cerca de la palma.
El ardor subió tan rápidamente como el agua descendía por la pared blanca, y luego el brillo color rubí comenzó a brotar de la herida. Su sangre se mezcló con el transparente líquido que escurría del trapo traído desde la cocina, ahora usado para frenar una hemorragia nada mínima.

Insultándose a si misma, dando zancadas hacia el baño, abrió el agua fría mientras hundía la mano herida debajo del chorro.
Idiota. Siempre la volvió una idiota. La enamoró, la volvió idiota y luego se marchó sin dar la más mínima explicación. Y ella lo odiaba por eso. Y tuvo (tenía) que convivir con su amor por él y su odio reciente y que ardía, como convivían ahora el agua y la sangre sobre la mesa.

Subió su mirada siguiendo el reflejo del espejo gigante que decoraba la pared frente a ella. Su cuerpo le devolvió una imagen más que satisfactoria; sabía que estaba lejos del pensamiento de soledad que sobreviene a todas las relaciones largas, pero aún no podía explicárselo.
Y una idea iluminó su mente. Mínima, pero poderosa a medida que el segundero en su muñeca izquierda seguía su curso. Entonces la dejó crecer. La dejo que la recorriera por completo, desde los dedos de sus pies hasta la punta de sus largos cabellos.
Esa copa, ese pedazo de cristal era lo último que le quedaba de los dos, de cuando eran uno, de un pasado que (ya era hora) debía comenzar a escocer cada vez menos.

Lloró. Lloró y dejó que sus lágrimas cayeran sobre el lavamanos, hasta alcanzar el agua y la sangre que se escapaban por la cañería.

Y se escapó de la copa, de la herida, de los días en soledad y del escozor.
Y al fin, por fin, fue libre.